Desmesura y propiedad intelectual Cualquiera de nosotros puede evocar la sala de una peluquería de caballeros. El escenario es común: dos sillones nunca atendidos, pues sólo se trabaja en uno de ellos; el comentario incansable del peluquero que machaca a un cliente «de toda la vida», los periódicos deportivos atrasados y la copia del periódico local sobre una mesa más o menos «coqueta». En realidad, la conversación, casi monólogo del peluquero, se despliega sobre un fondo de transistor que, en unos casos, lanza publicidad, en otros una tertulia y, en otros, comentarios deportivos. El transistor, en realidad, nunca importó a nadie en la peluquería; en algún caso, muy aislado y excepcional, podía motivar un comentario del peluquero que, a su vez, venía acompañado de un cambio de ritmo de tijeras o del suavizado de la barbera. Esto ha sido así durante generaciones en todas las peluquerías de nuestros pueblos y barrios. Y, sin embargo, ese transistor ha pasado a cobrar el primer plano de la actualidad, porque la SGAE ha decidido que así sea, porque ha decidido que una radio en un local de 50 metros debe pagar 23 euros todos los meses. La Sra. Ministra de Cultura advierte al ser consultada sobre la protesta asociada a esta pretensión que «algunos peluqueros tendrán razón y otros no». Necia respuesta, pues nada dice al no tomar partido por nadie ni por nada.
Esta situación esperpéntica se multiplica: si un día el noticiario nos resitúa la ley de propiedad intelectual en una peluquería de Hospitalet, otro día la TV nos traslada la imagen que muestra una humilde sala dedicada a la tercera edad por cuanto dispone de un televisor o bien nos informa del importe cobrado por la SGAE en concepto de anticipo por tratarse de un concierto benéfico organizado para curar a un niño, etc. Ante estas situaciones y dado el interés que para nuestra industria cultural tiene la propiedad intelectual, parece razonable hacer una elemental reflexión: la aceptación y vigencia de la ley de propiedad intelectual no sólo depende del modo en el que los profesionales de la edición la interpretan y aplican. Ante todo depende del modo en el que la sociedad asume esa ley por entenderla justificada. En consecuencia, ¿qué hacer con esas imágenes con las que día a día nos sorprende la SGAE? ¿Tan difícil es comprender que estas desmesuras provocan un rechazo tal de la propiedad intelectual que le resta toda hegemonía a la ley? En verdad, llegada es la hora de revisar el modo en el que el recaudador acosa a tirios y troyanos, esperando incrementar el multiplicador que, por otra parte, ha decidido aplicar. ¿Nadie puede regular, intervenir estas actuaciones? ¿La ley no precisa de algún reglamento acorde con las prácticas comunes en la sociedad? ¿Se imaginan ustedes la entrada del Inspector de la SGAE en la peluquería de San Pedro de Rectivía en Astorga para reclamar los derechos de las ráfagas musicales que están asociadas a los noticiarios y tertulias al uso en la radio local? ¡Gestores de este «calibre» acabarán con la ley de propiedad intelectual! Guillermo Quintás Aula de Edición
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